
Sobre mí
De pequeñito sentía una gran desarmonía en mi entorno.
Veía a las personas apagadas, fingiendo estar bien o buscando momentos de plenitud, alegría o diversión para encenderse… y sentía que la vida era mucho más que eso.
Tendría cuatro añitos y ya percibía con claridad esos dos estados en las personas: apagadas, como en blanco y negro… o a todo color, radiantes.
Cuando hacía reír a los adultos con mis monadas, los veía encenderse por momentos, y disfrutaba profundamente de ello.
Ahí nació algo que, en ese momento, era muy simple: quería dedicarme a encender a las personas.
Durante mucho tiempo, ese impulso quedaría en segundo plano.
Fui creciendo, tratando de adaptarme a la forma de vivir que tenía a mi alrededor.
Intentaba encajar, encontrar mi sitio… pero nada de eso terminaba de sostenerse, y los problemas fueron apareciendo cada vez con más fuerza.
Algo en mí seguía viendo las cosas de otra manera.
Con veintidós años pude identificarlo con claridad.
Algo no estaba bien en mi.
Estaba roto por dentro… y no sabía por dónde empezar.
A partir de ahí, comenzó una dinámica de búsqueda.
Fui encontrando formas de comprender lo que me ocurría que, en determinados momentos, parecían completas. Me adentraba en ellas, las exploraba y trataba de llevarlo a mi vida.
Pero, con el tiempo, siempre aparecía un límite… o surgía algún acontecimiento que volvía a sacudirlo todo desde fuera, obligándome a replantearme lo que creía haber comprendido y a seguir avanzando.
En 2022 viví un punto de inflexión radical.
En una situación límite, mi ego se rindió por completo y se abrió una experiencia que cambió todo.
En ese instante, al rezar el Padrenuestro como plegaria, sin los prejuicios que había tenido hasta entonces, se abrió una puerta.
Algo se me mostró con claridad: a través de eso podía abrirme a una comunicación con la Divinidad.
Y tomé decisiones que cambiaron el rumbo de mi vida.
A partir de ese momento, comenzó un proceso completamente distinto.
Dejó de ser una dinámica de búsqueda para convertirse en un desarrollo que se sostiene.
Comencé una etapa completamente distinta: una relación directa, personal y consciente con la Divinidad.
Y, por primera vez, sentí que lo que estaba viviendo se abría a un potencial ilimitado de posibilidades.
Tras aquel punto de inflexión, comenzó un proceso profundo de maduración y consolidación.
Durante los años siguientes, fui desarrollando esa comunicación, integrándola en mi vida y comprendiendo cada vez con mayor claridad lo que implicaba.
Con el tiempo, todo fue tomando forma.
Y llegó un momento en el que tomé una decisión: ponerme al servicio de la Divinidad y de ese proceso como parte de mi propio camino.
Así nació Mi Camino a la Divinidad.
Un espacio en el que compartir comprensión, orientación y herramientas que puedan facilitar este mismo proceso en otros.
Un proceso siempre personal, directo y sin intermediarios.
Y en el que cada uno recorre su propio camino, en comunicación con la Divinidad, a su manera.
De algún modo, aquello que sentía de pequeñito… encontró finalmente una manera de tomar forma en mi vida.